martes, abril 25, 2006

A donde mirar



Semana diferente para los demás, para mí familia, y para mí…De vuelta a mis inicios, recurrente soledad. Desde las 9 de la mañana aproximadamente, y tras una noche tan obscura, que permitió la reflexión y el libre recorrido a asuntos del pasado. Desperté en una ciudad como pocas veces vista, aire limpio de combustibles quemados por el uso del petróleo y sus derivados y un calor poco menos que insoportable. Sin rumbo específico y sí muchas cosas en mente. Me dirijí al paradero de Tacubaya, no precisamente es conocido por ser uno de los mejores que hay en la ciudad, aunque sí, el que aproxima de mejor manera a los grandes contrastes; ayudado por el santo y seña de la gente que recorría las solitarias calles, quienes, buscaban las sombras en su vida y su destino, pues el calor era agobiante durante la ya tarde. Casi cualquier trayecto es tardado en el Distrito, mejor conocido como la ciudad de la esperanza, y más si no hay tanto pasaje, como en estos días. Preparado para el lento trayecto decidí darle la “vuelta” a la radio, y nada. También hubo descanso, la mayoría transmitía música continua o repetía lo ya comentado en anteriores ocasiones. Cuando volví a la realidad, me confundí, levante la vista. El paisaje era contrastante, lo único que seguía igual era el tan suplicante cielo. Pasó en tan solo 10 minutos de un extremo a otro. Los habitantes, edificaciones y el propio aire significaban cosas tan distintas como la misma sobrevivencia, de un lado el temor de la barranca, del otro el horror de la bolsa, y es que, cuando te das cuenta, la tan habitual vida no nos alcanza; nos alcanzan nuestros temores. Cuando tenemos la oportunidad, ya sea que la hagamos o que se nos presente, decidimos dejarlo para luego. Los adinerados jamás piensan de manera similar. Ellos en sus camionetas con seguros eléctricos, película de seguridad y aire acondicionado, sus trabajadores en camionetas muchísimo mas grandes, compartiendo el vehículo y sudando a “madres”. La gran diferencia está en el nombre, siempre lo he pensado de esa forma, las de ellos se llaman Lincoln Navigator y cosas por el estilo; las otras colectivo o pesero, donde la gente se amotina para subir por las puertas que se encuentran adelante y atrás, con la ayuda del chofer que deja sentir su autoridad tras el ¡pasale pa’ tras carnal, todavía hay lugares!
El lugar es Santa Fe, mejor conocido como el territorio del poder financiero en México, ahí es donde se decide entre las grandes marcas y consorcios que es lo que viene. Mi necesidad hizo encontrarme nuevamente en ese tan bonito y vano lugar. Porque bien sabido por todos es que la descentralización del poder financiero se da por intereses de los grandes empresarios, que entre risas, alguno que otro “salud compadre” se resuelven las peticiones de saltarse del terrible trafico y la humilde vida, básico ya en el Distrito Federal. La gente que labora en sus espectaculares edificios es muy singular, alguna entra en el ritmo de vida, simula los rituales de los soberanos. Otros deambulan soñando conducir las grandes maquinas de estos, y otros mas que transitamos de vez en cuando nos resignamos, aunque momentáneo, pero cierto. Sus rostros registran la ambición, aunque también desesperación y decepción por trepar peldaños en la cadena de la mal llamada “suciedad, digo sociedad” Los encargados de seguridad parece que tienen la consigna de no dejar pasar a los que según ellos consideran “nacos” trepadores, pero ese es otro aspecto del que no ahondare en este instante, lo cierto es que ninguna persona es más que otra. La creencia de que la modernidad ampliamente vista en ese maravilloso lugar apartado del ajetreo; funcional e inteligente como se presume en los mejores edificios del mundo, incluso con los recursos más avanzados para diagnosticar los problemas de la gran urbe, no servirá de mucho pues el “corazón” es el que rige el ritmo. La calidez y el profesionalismo de los artistas involucrados en el desarrollo de los grandes movimientos arquitectónicos se dieron cuenta ya que los servicios siempre estarán disponibles. De la misma manera en que nos formamos una identidad, dependerá la imagen de presentación. El hombre disminuye el paso del tiempo, lo acomoda. Siempre habrá de quien aprender, escribir y elaborar siempre con el corazón, bien, sabiendo a donde pretendemos llegar, con la debida precisión y emoción adecuada en el tiempo correcto.